10 de agosto de 2005

La Era del Herrero 3

De a poco, muy lentamente, como crece el musgo en la roca, despertaba en la razón de algunos la idea de estar siendo cómplices ya no de las palabras en pasado de un escribiente sino, peor aun, de un ultraje a la Armonía. En tanto otros, embelesados por lo que oían, querían seguir escuchando. No era éste el principio del relato de un poeta; les resultaba evidente que se descorría el velo de un secreto enorme. Eran estas dos sensaciones contrapuestas el nacimiento de un océano que separaría continentes. Y así habría sido aun si no hubiera existido este escribiente; aun si, de haber existido, no se hubiese encontrado con ese rollo; porque las palabras, escritas en otra lengua conocida por muy pocos, así lo decían. Aun si no hubiese habido rollo ni palabras.
-Los ancianos adivinos hablaban con unas voces que llamaban dioses. Esas voces les decían si cultivar la legumbre, la hortaliza, los alimentos de entonces.
Ahora el recinto parecía una taberna o una noche de mercado: todos escuchando con atención, urdiendo como telas el relato del poeta con sus propios pensamientos, sus propios relatos pequeños e indecibles de escribientes. Tal vez todo eso fuese una mentira. Al fin de cuentas, Ka-Ahs había estado encerrado por insultar al rey, y además usando el pasado, por negarse a agregar un tonel de vino antes de la temporada correspondiente. Sin embargo, pensar así sería un error. No por ver en Ka-Ahs a un borracho sino por suponer que era capaz de mentir en tan delicada materia, aquella masa de palabras transmitida de generación en generación fermentando incesantemente en la clandestinidad mientras morían y renacían los seres, se extinguían y se encendían los fuegos; la brasa ardiente en su pecho que compartía cada vez más con su mujer para que le quemase cada vez menos, hasta que ella dejó el mundo arrastrada por una inusitada crecida del río.
-Las voces de los dioses de aquellos ancianos adivinos hablaban de un tiempo mucho más lejano que el que les hablan las estrellas a nuestros ancianos astrónomos. Esos dioses habían advertido sobre la furia del volcán que los poetas evocan en sus canciones mucho antes de que existieran los reyes.
Hizo un silencio para dar tiempo a que esto que acababa de decir se depositara lentamente sobre el fondo del entendimiento o a que alguna voz pidiese explicaciones. A él mismo le había tomado soles y más soles comprender estas palabras, y aun así tampoco estaba seguro de interpretarlas en todo su significado.
Las palabras eran a los escribientes lo que las arcillas, los barros y el agua a los alfareros: sabían que cada una encastraba con las demás con una precisión solo inherente a ellas, que la palabra equivocada en el lugar indicado o aquella exacta en una ubicación errada podían dejar heridas abiertas por años, viudas desposeídas, odios que pasan de padres a hijos como una profesión o rencores horneándose a fuego lento hasta madurar en crímenes increíbles. Por eso había preguntado y repreguntado, dando forma a esa vasija en su mente dentro de la cual fermentaban los significados, esquivos pero plenos de razones, de las palabras antiguas.
-Veo que “dioses” no suscita curiosidad -admitió con algo de decepción-, sin embargo, esos dioses vieron lo que nos sucede en la actualidad y aun anticiparon el futuro.
-¿Y cómo es que viendo tan lejos hacia delante no llegaron hasta nosotros? -preguntó Ka-Bohr, uno de los escribientes más jóvenes y el único que compartía la cofradía con su padre (quien lo miró desde la primera fila con un gesto de desaprobación).
Ka-Ahs lo contempló fijamente. Cuando él mismo había alcanzado la madurez para llegar a esa pregunta, ya no tenía a quién hacérsela.
-No tengo todas las respuestas, joven hermano. Solo retazos, piezas de tela sueltas que no alcanzan a formar una prenda. A veces, mis ideas son hilos que cosen, pero no tengo modo de saber si lo hacen en la dirección correcta. Con respecto a tu dilema, he pensado que tal vez los dioses vieron tan claramente su fin como el de las legumbres, aquel lejano alimento que jamás conoceremos más que por su nombre. Así como nada podían hacer para evitar la muerte de las legumbres, así sucedería con ellos. Sin embargo... -vaciló antes de seguir. La otra respuesta que había urdido era tan insultante hacia la Armonía que se había aterrorizado cuando se le ocurrió, preguntándose en qué pliegues de su mente podía ocultarse semejante abominación del pensamiento, y luego ya no pudo abandonarla. Se había dicho a sí mismo que cuando llegara el momento de hablar no callaría nada, incluso si eso le costaba eso otro que con gran esfuerzo llamaba su vida. Y ahora que debía decir esto, temía: temía más que nada a que dejasen de escucharlo.
-Sin embargo -continuó-, los ancianos adivinos eran quienes hablaban con los dioses, y fueron ellos quienes no llegaron a nosotros como sí los ancianos sabios, herederos y custodios de la Armonía. Tal vez -atinó a decir frente a los rostros de estupor que enseguida trocaron por ira-, tal vez, los dioses aún hablan pero ya nadie los oye.Primero uno, tres, seis abandonaban sus bancos hacia la salida. De pronto hubo quienes, formando parte de la misma masa bulliciosa que parecía harta de tamaño desquicio, colocaron con estruendo las trancas en las puertas atronadoramente canceladas.

1 comentario:

  1. Anónimo12:57 p.m.

    Muy bueno! Ahora si, se puso interesante la cosa! Hay vida! personajes, historias q merecen ser escuchadas!!! E.R.G.

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