2 de agosto de 2005

La Era del Herrero 2

-Hubo un tiempo en que el escribiente no se ocupaba de asuntos de reyes.
Y el recinto se colmó de murmullos.
Desde hacía varios días, meses y años había buscado las palabras y el momento para decirlo, aunque era sabido que no era labor de escribientes elegir palabras ni momentos, sino todo lo contrario.
Sin embargo, todo había ocurrido según sus planes. Los demás, sentados en sus bancos de madera prestos a escuchar su pedido como él había hecho con los anteriores. Algunos que ya habían pasado y habían solicitado tintas y varas, rollos, alimentos, animales de carga, reparaciones domésticas, vestimenta, lo previsible. Y así como iban siendo solicitados, así el escribiente de escribientes tomaba nota, tal como hacían ellos con los pedidos del pueblo, para presentarlos ante el rey.
Él había imaginado con la precisión de los que esperan el pequeño salón de piedra donde se congregaban ahora, saturado del olor del aceite quemado de las lámparas tal como estaba en ese momento, a los demás sentados y atónitos por su uso del tiempo pasado -prohibido en el habla y la escritura de los escribientes- y, sobre todo, en una frase como ésa.
La mano del escribiente de escribientes yacía paralizada sosteniendo la vara entintada por la cual comenzaba a formarse y deslizarse lentamente una gota negra que, como en todos los casos, habría sido elaborada por su mujer, alguno de sus hijos o él mismo. Tal vez, sorprendido como sus pares por la provocativa intervención; tal vez, temeroso del castigo que podía pesarle si reproducía por escrito esa frase; tal vez, ambas cosas.
Esperó pacientemente a que las voces se silenciaran. Sabía, desde el momento de urdir su plan, los riesgos que corría. Y decidió que serían sus cófrades los depositarios de lo que tenía para decir y de la decisión sobre qué hacer con él. Aun cuando los escribientes eran personas de escasa memoria, que usaban las palabras solo para el presente o el futuro; aun si luego fuesen incapaces de recordar detalles, o quizá por eso, los prefería. Tampoco tenía mayores alternativas: el pueblo lo tomaría como cosas de poetas; los ancianos, fuesen sabios o astrónomos, como un peligro. Por eso, continuó con la misma voz calma que le habían dado los años y los avatares.
Avanzaba sobre las palabras despacio, como si de ese modo consiguiese fijarlas con mayor firmeza en el pensamiento de quienes lo escuchaban para convencerlos de su verdad. Necesitaba lograrlo. Por el cilindro de corteza que sostenía bajo su túnica, al cual casi nadie conocía, algunos habían buscado hasta darlo por perdido y unos pocos, poquísimos, apenas un manojo de almas, aún sospechaban en manos de alguien. Lo sostendría oculto hasta que llegase el momento de quitar de su interior el rollo escrito en ese lenguaje secreto por olvidado.
-Hubo un tiempo en que el escribiente no se ocupaba de asuntos de reyes -repitió ahora que su auditorio parecía recuperado de la sorpresa de esta misma frase, aunque aquí y allá aún se percibían movimientos nerviosos, cambios de posición, comezones rascadas. Sabía con certeza que esta verdad era conocida por muy pocos allí, a no ser que los abuelos y luego los padres de los más jóvenes se hubiesen arriesgado a violar las prohibiciones instauradas por generaciones. Sabía con certeza que era mucho lo que tenía para decir, muy difícil de entender y poco tiempo para hacerlo.
-En aquel tiempo lejano, el escribiente se dedicaba al pasado.
Una nueva oleada de murmullos recorrió el salón. Había previsto que cada revelación sería lava ardiente en los oídos y hasta podía intuir la incredulidad de aquellos jóvenes y no tanto porque era idéntica a la que él había sentido, anidada y alimentada durante años: ¿cómo era posible que lo que hoy hacían los poetas, un mero divertimento para el pueblo, fuese labor de escribientes?, ¿cómo podían ser la vara, la tinta y el rollo al servicio de tan superflua tarea?
Hacia el fondo, en una semipenumbra, alcanzó a ver a alguien (a quien había esperado ver) levantándose intempestivamente de su asiento con la decisión en el rostro de abandonar el lugar. De inmediato, bocas le susurraban algo y manos lo sosegaban, conseguían que recuperase su asiento.
-¡Vamos, viejo! ¡Tengo animales enfermos que hacer curar! -gritó uno.
Con la misma calma, alzó su mano en señal de cordialidad.
-Hay mucho que escuchar todavía. En poco tiempo, te interesará más la salud de los tuyos.
De a poco, más lentamente que antes, retornó la calma al pequeño recinto.
-Decía que nuestros escribientes predecesores se dedicaron al pasado.
-¡¿Y quiénes escribían las cosas de los reyes entonces?! -interrumpió uno, exaltado.
-Los ancianos -respondió como si acabara de decir algo tan común como que el día comienza cuando acaba la noche-. Sí, los ancianos escribían también. Por eso había rollos y rollos acumulándose en dos recintos diferentes: los del pasado y los de los reyes, que tampoco se llamaban así, pero no importa.
Hizo una breve pausa antes de decir lo que seguía. A esa altura solo se oía el silencioso arder de las lámparas.-Había, como hoy, ancianos sabios, pero no ancianos astrónomos. Los ancianos que miraban al futuro se llamaban adivinos y no leían las estrellas.

1 comentario:

  1. Bien, veamos: dos ancianos, un escribiente, un escribiente de escribientes, una organización "gremial" que parece compleja... se pone bueno.

    Pero en algún momento los personajes va a tener nombre ¿no? Daaaaleeee...

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