13 de diciembre de 2006

Cuaderno de Lucio 7.2 - Una modesta proposición

El padre Gregorio no creía demasiado en presagios, pero el olor de los jazmines que llenaba el aire, tapando los intersticios que dejaba el murmullo de la grey, le pareció un excelente augurio. Desde el altar podía ver a los panambienses esperando el sermón. Todos estaban allí: Zavaleta, el pintor de aguadas bucólicas; Rey, el ajedrecista; Perla, la maestra; las comadres en pleno, un enjambre compacto. Al fondo de todo, los descastados: Eleonora, con el cabello desgreñado, rellenando su jarrón con agua bendita, recitando hacia adentro una salmodia; la viuda Spazciuk, sentada en la última fila como un libro en la mesa de saldos; Luján, tapando un bostezo tras una noche de trabajo vaya uno a saber dónde; Casatti, de pie contra la puerta, sosteniendo respetuoso el sombrero de pescador en que recibía las limosnas. Desde la entrada del atrio, Lucero lo miraba desaprobadoramente. Gregorio respiró hondo. ¿Qué podía salir mal? ¿No era esto Panambí Sur? ¿No había sucedido lo de Nicolás? ¿No era Lucero la prueba de que todo podía funcionar? Allá fue.
-Hoy -comenzó, mientras cerraba el libro de salmos-, hoy no quiero leer las Escrituras. Hoy quiero decirles que estoy avergonzado de ustedes.
Por qué negarlo: disfrutó del momento siguiente. Había constantemente algo de culposo en los panambienses, algo que los avergonzaba desde el comienzo frente a cualquier acusación, por vaga que fuera. ¿First, o Furst... aquello del iconoclasta? Desechó esas ideas y se concentró.
-Me han acusado de caprichoso, me han dicho que no tengo motivos para quejarme de unos fieles que vienen, todos, todos los domingos; que se confiesan una vez por semana y que, hasta donde sé, llevan cada uno una vida ejemplar -no un murmullo, pero sí cierto aire de alivio circuló por entre el olor de los jazmines. Desde el atrio, Lucero asentía. ¿Podía oírlo a aquella distancia?-. Y sin duda, algo de cierto hay en esa acusación. Pero no puedo dejar de notar ciertas cosas.
»Por ejemplo, que rara vez se ayudan entre ustedes; por ejemplo, que la caridad que recibe esta parroquia alcanza tan justo para sus gastos que parece que un contador la estuviera manejando. Pero por favor no piensen que estoy pidiendo dinero. No se trata de eso. Se trata de que los miro y pienso: ¿cuántos somos en el pueblo? ¿Ciento cincuenta, doscientas personas a lo más? Y sin embargo miren a sus espaldas: la pobre Eleonora está aquí en la puerta de la iglesia, día tras día. Usa el mismo vestido desde hace años -Eleonora no reaccionó frente a la mención. Miraba el interior de su jarrón como arrobada-. No puede valerse por sí misma, lo sabemos. Yo hago todo lo que puedo pero ¿soy el único? La señora Marta, allá en el fondo, tiene que salir a buscar comida donde puede, a pesar de su artritis. Sabemos que otras personas de este pueblo ganan su dinero de maneras non-sanctas -Luján se sonrojó, pero nadie hizo ademán de mirarla-. Puedo comprender que no se consiga trabajo en otros pueblos pero ¿aquí? ¿Aquí, donde siempre hay algo para hacer? ¿Cómo es posible que nadie ayude al prójimo más allá de lo mismo? ¿Cómo podemos tener mendigos, en un pueblo donde ni siquiera existe el "borracho del pueblo"?
Algunos de los feligreses amagaron ponerse de pie, con claras intenciones de acercarse a los necesitados.
-¡No! ¡Sientensé, por favor! No quiero que salgan ahora a ayudar a los que he nombrado. No quiero accesos de arrepentimiento temporales ni acciones heroicas que les emparchen la moral. Más aún: les pido que no hagan nada por nadie. Si no me excediera en mis atribuciones, les prohibiría que se acercaran a ellos. Lo único que le pido es que, durante el próximo mes, recen por ellos, y recen por todos los del pueblo menos por ustedes y su familia. Pidan a Dios por el vecino, y sean específicos: pidan cosas concretas. Y si no saben qué pedir: pregunten. Interésense por los demás. Y recen. Por un mes entero, sólo recen. Una vez a la mañana y otra a la noche por lo menos.
»Eso nada más. Los veo a cada uno durante la semana. Vayan con Dios.
Se pusieron de pie en silencio y salieron. Eleonora canturreaba bajito. En el atrio, al sol, Lucero sacudía las manos juntas y elevaba los ojos al cielo.

2 comentarios:

  1. Anónimo4:56 p.m.

    Usted cada día escribe mejor.
    ¡Editoriales del mundo! Si no confiáis en su nombre, confiad en su pluma. Os estáis perdiendo, al menos, un buen escritor fantasma.

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  2. ¿Cómo es esto de recibir halagos anónimos? Por lo menos un seudónimo, che... gracias igual, saber que alguien lee ayuda a seguir.

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