Cuaderno de Lucio 5.5 - Del cotilleo en Panambí
Cotillean las comadres (co-madres, madres en cooperativa, hidra sin hijos -se han ido a Buenos Aires o, simplemente a la vida-, madres que vigilan el pueblo como vigilaban a sus retoños en horas de la siesta. No vaya a ser que se porte mal, que se descarríe). Cotillean las comadres, y en su bisbisear sestero se corporizan en una sola comadre plural; y hablan de sí mismas cuando dicen "dicen".
-Dicen que se viene la boda.
-Dicen que sí. Boda doble. Flor de fiesta va a haber.
-Y qué lindos mozos los Furst. Y qué lindas ellas, las gemelas. Flor de fiesta va a haber.
-Lindas puede ser, pero ligera de cascos parece la Eris.
-Y venir a engancharse con el César, siempre tan callado. Y la otra, la Lea, tan comedida y tranquila, con ese bruto de Aníbal.
-Los opuestos se atraen.
-Puede ser, puede ser...
-Delo por cierto. Sin ir más lejos, mi Mario y yo
-Sí, claro. Sí, claro.
-Sucede tantas veces ¿no? Él tan callado, y ella que bien podría guardar apariencias, al menos.
-Pero qué boda nos espera. Es como si todo el pueblo se casara.
-No es para menos, no es para menos.
-Asado va a haber.
-Y vino. Don Lucio guarda una bodega especial desde hace años. Va a tener que juntar dos casorios en uno.
-Ay, las dos novias, igualitas.
-No tan iguales. Dicen por ahí que la Eris no puede casarse de blanco. Ligera de cascos, eso es.
-Que sí, que sí, que la vieron con el César.
-Igual y todo, de blanco irá. Ciertos pecados se perdonan y a otra cosa, que si no, mucha tela sobraría.
-"Casada virgen, futura cornuda", decía mi abuela. Bien que le vendría un poco de ajetreo a la Lea.
-Dicen que los han visto, a ella y el Aníbal, camino del granero.
-¡No!
-Le juro. La mismísma Lea, tan mosquita muerta que parece.
-La mismísima Lea, que la oímos prometerle al Cristo que llegaría virgen a la noche de bodas.
-La mismísima.
-No se puede confiar en nadie.
-Mire mija, cuando llegan los calores, todo bicho busca el agua. Y quién lo frena al Aníbal si se viene al humo.
-Qué raro igual. Parecía una santa.
-Los santos, en el cielo. Aquí hacemos de tripas corazón.
-Y qué asado va a haber, verdad.
-Como pocos. Todo el pueblo está invitado.
-¿Y dónde será la fiesta?
-Del lado Sur, que hay más sombra. Ya trabajan los carpinteros.
-¿Carpinteros?
-Una o dos mesas serán nomás, para todo el pueblo, y parece que especiales.
-Enormes han de ser.
-Dicen que sí. Enormes.
-Mientras no llueva ¿no?
-Mientras no llueva.
13 de julio de 2006
5 de junio de 2006
Cuaderno de Lucio 5.4 - De los sonidos en Panambí.
El zumbido indolente de los abejorros.
Las risas de las mellizas Lea y Eris jugando en el remanso.
El crepitar del trigo. Un violín.
Los mugidos de las vacas camino al matadero.
La hoja del cuchillo de Aníbal saliendo de su vaina. El rasgarse del cuero. El suave siseo del aire dejando los enormes pulmones.
El secarse de los caminos bajo el sol.
Chirridos de la roldana en el aljibe.
Murmullos en la iglesia, diostesalvemaríallenaeresdegracia.
Un pez saltando en el arroyo.
El chuchillo de Aníbal saliendo de su vaina. Lienzo que se corta como si no quisiera.
Hormigas que se afanan en el verano para poder afanarse en el invierno.
El jadear apresurado de Eris, el tímido miembro de Cesar tanteando entre sus muslos.
Ecos deslavazados de risas pretéritas. El pitido insistente de un tren en futuro imperfecto.
El zumbido indolente de los abejorros.
Las risas de las mellizas Lea y Eris jugando en el remanso.
El crepitar del trigo. Un violín.
Los mugidos de las vacas camino al matadero.
La hoja del cuchillo de Aníbal saliendo de su vaina. El rasgarse del cuero. El suave siseo del aire dejando los enormes pulmones.
El secarse de los caminos bajo el sol.
Chirridos de la roldana en el aljibe.
Murmullos en la iglesia, diostesalvemaríallenaeresdegracia.
Un pez saltando en el arroyo.
El chuchillo de Aníbal saliendo de su vaina. Lienzo que se corta como si no quisiera.
Hormigas que se afanan en el verano para poder afanarse en el invierno.
El jadear apresurado de Eris, el tímido miembro de Cesar tanteando entre sus muslos.
Ecos deslavazados de risas pretéritas. El pitido insistente de un tren en futuro imperfecto.
20 de enero de 2006
Aprehende la carne
(Cuadernos de "La Vuelta" 2)
Aprende la carne. Balanceándolo apenas, él sostiene ese rebenque en la mano. Sudoroso el cuerpo bamboleante y, debajo de las bombachas, la erección una vez más. Porque, apetecible, ella está ahí, durmiendo. Y se moverá apenas cuando recorran la pantorrilla la mano curtida y la respiración agitada, y los muslos, y la entrepierna. Raspará, como esa arpillera donde duerme, un asco de barba rala y dejará la aprehensión una estela de saliva fétida y luego vendrá el dejarse hacer, ser girada, toqueteada, penetrada como cosa hasta que se vacíe como en un aljibe ese viejo borracho, cuando ya confiado en la obediencia y la sumisión suelte el rebenque y se sume a la del vino la dulce anestesia del placer. Pero no hoy. Hoy es puma y yarará. Hoy el sapo se vuelve escuerzo. Porque aprende la carne que puede ser metal.
Y no, no era deseo. No era asco, pero tampoco deseo. O sí era deseo, pero no del hombre.
Por eso, no rozó al peón sin querer y las chicharras cantan como con furia. Ni volvió a rozar al peón sin querer (“Alazán roñoso hasta donde le brilla el pelo”) y el sol recalienta las chapas como con violencia.
Después sintió la dureza y sonrió sin sonrisa y se puso en puntas de pie para cepillar por cuarta vez el lomo del caballo y ser irresistible y que el peón se le abalanzase (“¡Saque la mano, cochino de mierda!”). La pezuña asustada por el grito golpea el piso. Allá lejos, un carancho otea la quietud de la llanura sobre un poste. El peón la miró frío de no saber y ella no pudo más y largó una carcajada como jamás antes.
—¿Usté quiere esto? —preguntó desafiante cabeceando y moviendo apenas el cepillo. Él no pudo contestar, enmudecido por el recuerdo de tantas y tantas veces pensando en ella, la única mujer, en la porqueriza de los chanchos, apichonado. Apenas pudo asentir con la cabeza con la vista fija en las florcitas sobre la tela delgada. —Entonces, me va a hacer un favor.
Y cuando ella tenga que cumplir con su parte del trato, capaz hasta sienta algo de placer.
En la penumbra del granero que todo lo ahoga, todo lo devora, el viejo capataz borracho sobre ese quieto cuerpo no deja de moverse. Jadea sin saber que la mano agarró un facón por el mango. Rabiosa de venganza, la luz de la luna. Es una apenas palidez reflejada cuando el metal atraviesa el cuello y él todavía no entiende. Ni cuando queda clavado en el hombro y sigue sin entender. Ella respira agitada y empuja el cuerpo con fuerza, que cae al piso secamente desesperado, tratando de pedir ayuda o clemencia entre sonidos guturales y toses de ahogado. Acostada todavía, llora. Llora de libertad. Llora de liberación. Las ratas olerán sangre y enloquecerán de gula. Abandonarán las bolsas de granos. Correran en la oscuridad. Limpia y cambiada como para misa, ella ya está lejos: apenas una silueta, un espectro luminoso que camina hacia la ruta, una estela blanca en el más hermoso sueño del peón.
(Cuadernos de "La Vuelta" 2)
Aprende la carne. Balanceándolo apenas, él sostiene ese rebenque en la mano. Sudoroso el cuerpo bamboleante y, debajo de las bombachas, la erección una vez más. Porque, apetecible, ella está ahí, durmiendo. Y se moverá apenas cuando recorran la pantorrilla la mano curtida y la respiración agitada, y los muslos, y la entrepierna. Raspará, como esa arpillera donde duerme, un asco de barba rala y dejará la aprehensión una estela de saliva fétida y luego vendrá el dejarse hacer, ser girada, toqueteada, penetrada como cosa hasta que se vacíe como en un aljibe ese viejo borracho, cuando ya confiado en la obediencia y la sumisión suelte el rebenque y se sume a la del vino la dulce anestesia del placer. Pero no hoy. Hoy es puma y yarará. Hoy el sapo se vuelve escuerzo. Porque aprende la carne que puede ser metal.
Y no, no era deseo. No era asco, pero tampoco deseo. O sí era deseo, pero no del hombre.
Por eso, no rozó al peón sin querer y las chicharras cantan como con furia. Ni volvió a rozar al peón sin querer (“Alazán roñoso hasta donde le brilla el pelo”) y el sol recalienta las chapas como con violencia.
Después sintió la dureza y sonrió sin sonrisa y se puso en puntas de pie para cepillar por cuarta vez el lomo del caballo y ser irresistible y que el peón se le abalanzase (“¡Saque la mano, cochino de mierda!”). La pezuña asustada por el grito golpea el piso. Allá lejos, un carancho otea la quietud de la llanura sobre un poste. El peón la miró frío de no saber y ella no pudo más y largó una carcajada como jamás antes.
—¿Usté quiere esto? —preguntó desafiante cabeceando y moviendo apenas el cepillo. Él no pudo contestar, enmudecido por el recuerdo de tantas y tantas veces pensando en ella, la única mujer, en la porqueriza de los chanchos, apichonado. Apenas pudo asentir con la cabeza con la vista fija en las florcitas sobre la tela delgada. —Entonces, me va a hacer un favor.
Y cuando ella tenga que cumplir con su parte del trato, capaz hasta sienta algo de placer.
En la penumbra del granero que todo lo ahoga, todo lo devora, el viejo capataz borracho sobre ese quieto cuerpo no deja de moverse. Jadea sin saber que la mano agarró un facón por el mango. Rabiosa de venganza, la luz de la luna. Es una apenas palidez reflejada cuando el metal atraviesa el cuello y él todavía no entiende. Ni cuando queda clavado en el hombro y sigue sin entender. Ella respira agitada y empuja el cuerpo con fuerza, que cae al piso secamente desesperado, tratando de pedir ayuda o clemencia entre sonidos guturales y toses de ahogado. Acostada todavía, llora. Llora de libertad. Llora de liberación. Las ratas olerán sangre y enloquecerán de gula. Abandonarán las bolsas de granos. Correran en la oscuridad. Limpia y cambiada como para misa, ella ya está lejos: apenas una silueta, un espectro luminoso que camina hacia la ruta, una estela blanca en el más hermoso sueño del peón.
3 de enero de 2006
20 PLACAS MORTUORIAS
Epílogos, posfacios y anexos de relatos; soberbia de quedarse con la última palabra y altanería de labrarla para la posteridad. Sentidos impuestos o lecturas póstumas enmascaradas de reflexiones. Síntesis, como granos de arena. Voluntad de retener, como médanos al viento.
Son melodrama, testamento y tragicomedia.
Estados de ánimo que se perpetúan condensados. Son condena y vítor. Y honor y mácula. Son palabras que el viento no se lleva. Cantos a la vida, en definitiva.
I
Ya e aquí un gran mujer.
II
Nunca olvidaré tu olvido. Jamás recordaré tu recuerdo.
III
Con cariño, pero sin amor ni respeto: tus deudos.
IV
No lograste nada de lo que te proponías. Te amaremos por lo que sí.
V
En la loca carrera por volver al polvo, por veloces o lentos, somos liebre y tortuga:
siempre nos toca perder.
VI
No habrá olor que sea igual al tuyo.
V
Se apagaron el aire y el fuego, mas no la tierra ni el agua.
VI
Gracias por regalarme ese octavo pecado capital...
VII
Somos azares que se vuelven destinos.
VIII
Los gusanos no comerán tus diamantes, pero sí mis recuerdos.
IX
Cuando besan las raíces la piel, se comprende, cabal aunque tardíamente,
la naturaleza humana.
X
Por el tiempo que perdimos juntos, por el que nos robamos mutuamente,
por el que despilfarramos y el que nunca tuvimos.
XI
El dolor de despertar de este sueño con tu muerte
es la cruel certeza de haberlo soñado con tu vida.
XII
No hay nada que entender. Quedó demostrado.
XIII
Me quedo con tus verdes, algunos ocres, hebras de té
y briznas de pelo.
XIV
Ahora que no tengo tu mirada tampoco tengo más vergüenza.
XV
Fui un estúpido.
XVI
Me has dado la primera certeza de la vida:
no quiero morir así.
XVII
Tanto evolucionar para no haber hecho más que una novela barroca
del breve relato de nuestros ancestros.
XVIII
Por los amores regalados
y los servicios prestados.
XIX
A mis enemigos solo les debo el llanto.
XX
Me quedo con la silueta parlante de tu sombra.
Con eso será suficiente.
Epílogos, posfacios y anexos de relatos; soberbia de quedarse con la última palabra y altanería de labrarla para la posteridad. Sentidos impuestos o lecturas póstumas enmascaradas de reflexiones. Síntesis, como granos de arena. Voluntad de retener, como médanos al viento.
Son melodrama, testamento y tragicomedia.
Estados de ánimo que se perpetúan condensados. Son condena y vítor. Y honor y mácula. Son palabras que el viento no se lleva. Cantos a la vida, en definitiva.
I
Ya e aquí un gran mujer.
II
Nunca olvidaré tu olvido. Jamás recordaré tu recuerdo.
III
Con cariño, pero sin amor ni respeto: tus deudos.
IV
No lograste nada de lo que te proponías. Te amaremos por lo que sí.
V
En la loca carrera por volver al polvo, por veloces o lentos, somos liebre y tortuga:
siempre nos toca perder.
VI
No habrá olor que sea igual al tuyo.
V
Se apagaron el aire y el fuego, mas no la tierra ni el agua.
VI
Gracias por regalarme ese octavo pecado capital...
VII
Somos azares que se vuelven destinos.
VIII
Los gusanos no comerán tus diamantes, pero sí mis recuerdos.
IX
Cuando besan las raíces la piel, se comprende, cabal aunque tardíamente,
la naturaleza humana.
X
Por el tiempo que perdimos juntos, por el que nos robamos mutuamente,
por el que despilfarramos y el que nunca tuvimos.
XI
El dolor de despertar de este sueño con tu muerte
es la cruel certeza de haberlo soñado con tu vida.
XII
No hay nada que entender. Quedó demostrado.
XIII
Me quedo con tus verdes, algunos ocres, hebras de té
y briznas de pelo.
XIV
Ahora que no tengo tu mirada tampoco tengo más vergüenza.
XV
Fui un estúpido.
XVI
Me has dado la primera certeza de la vida:
no quiero morir así.
XVII
Tanto evolucionar para no haber hecho más que una novela barroca
del breve relato de nuestros ancestros.
XVIII
Por los amores regalados
y los servicios prestados.
XIX
A mis enemigos solo les debo el llanto.
XX
Me quedo con la silueta parlante de tu sombra.
Con eso será suficiente.
14 de diciembre de 2005
Cuaderno de Lucio 5.3 - De la división de Panambí.
El arroyo San Juan dividía Panambí y las tierras de Lucio Furst -que eran casi equivalentes- en una línea este-oeste casi perfecta. Furst y la señorita Gardiner o Gartner -nunca quiso ser señora Furst, pues siendo ella protestante y él ateo militante, no llegaron a un acuerdo para casarse por iglesia, que de todos modos no había- se instalaron del lado norte, en una casa amplia y fresca, con una galería espaciosa que la señorita mantenía llena de plantas exóticas de colores brillantes. Dedos verdes, tenía la señorita. "Mi jardinerita", le bromeaba Furst, en su inglés chapurreado aprendido a fuerza de cotidianeidad y silencios.
Para cuando César había alcanzado los 15, una extraña característica edafológica había dividido no solo la geografía sino las actividades del pueblo. Del lado sur, las semillas de Datura ferox, también conocido como chamico, que Furst había removido en su primer golpe contra la tierra, habían dado lugar a una invasión de esta maleza. Del lado norte, la salinidad y pH del suelo impedían el crecimiento de la plaga y permitían cierta actividad agrícola. Del lado sur, Furst hizo de tripas corazón y se embarcó en la cría de ganado.
Así, para cuando César y Aníbal tuvieron 20 y 18 años respectivamente, habían repartido en vida la herencia del padre. César heredó la primera actividad de Lucio y se dedicó a la agricultura; Aníbal, por su parte, se transformó en ganadero. Y tal vez se pueda decir con seguridad que Panambí Sur fue creado el día que César dormitó su primer post-coito en el trigal, bajo las estrellas; o quizás el día, varios años antes, en el que Aníbal observaba extasiado el accionar de los matarifes.
(Y sí, ya la sangre comenzaba a correr.)
Para cuando César había alcanzado los 15, una extraña característica edafológica había dividido no solo la geografía sino las actividades del pueblo. Del lado sur, las semillas de Datura ferox, también conocido como chamico, que Furst había removido en su primer golpe contra la tierra, habían dado lugar a una invasión de esta maleza. Del lado norte, la salinidad y pH del suelo impedían el crecimiento de la plaga y permitían cierta actividad agrícola. Del lado sur, Furst hizo de tripas corazón y se embarcó en la cría de ganado.
Así, para cuando César y Aníbal tuvieron 20 y 18 años respectivamente, habían repartido en vida la herencia del padre. César heredó la primera actividad de Lucio y se dedicó a la agricultura; Aníbal, por su parte, se transformó en ganadero. Y tal vez se pueda decir con seguridad que Panambí Sur fue creado el día que César dormitó su primer post-coito en el trigal, bajo las estrellas; o quizás el día, varios años antes, en el que Aníbal observaba extasiado el accionar de los matarifes.
(Y sí, ya la sangre comenzaba a correr.)
30 de noviembre de 2005
Cuadernos de Lucio 5.2 - Del nacimiento de César y Aníbal Furst
El nacimiento de César y Aníbal está indisolublemente ligado a la decisión de Sarmiento de traer maestras del extranjero, eso es claro. No queda tan claro en cambio cómo es que llegaron las botas de Lucio Furst a pisar las entonces nuevas tablas del ahora desaparecido andén de Panambí para recibir, él justamente de entre todos los pobladores, a la señorita Gardiner o Gardner o Gerdiner, según la fuente consultada.
En todo caso, allí en el andén se encontraron y no pasó más de un mes para que el romance fuera vox populi, y fue apenas un trámite la conversión de miss Gardner al catolicismo y menos que un trámite la cópula brutal y un tanto apresurada que engendraría a Cesar Furst. Era época de langostas, y Lucio y su gente montaban guardia a la espera de la manga, listas las hogueras de madera húmeda y resinosa, cuyo humo hacía llorar pero salvaba la cosecha. "Así ganamos el pan con sudor y lágrimas. Nos ahorramos la sangre al menos." -bromeaba Lucio.
No fue cierto: la sangre llegaría más tarde, 20 años después del nacimiento de Aníbal Furst, tan copiosa como las cosechas de su ya rico padre, tan negra como la nube de langostas.
En todo caso, allí en el andén se encontraron y no pasó más de un mes para que el romance fuera vox populi, y fue apenas un trámite la conversión de miss Gardner al catolicismo y menos que un trámite la cópula brutal y un tanto apresurada que engendraría a Cesar Furst. Era época de langostas, y Lucio y su gente montaban guardia a la espera de la manga, listas las hogueras de madera húmeda y resinosa, cuyo humo hacía llorar pero salvaba la cosecha. "Así ganamos el pan con sudor y lágrimas. Nos ahorramos la sangre al menos." -bromeaba Lucio.
No fue cierto: la sangre llegaría más tarde, 20 años después del nacimiento de Aníbal Furst, tan copiosa como las cosechas de su ya rico padre, tan negra como la nube de langostas.
16 de noviembre de 2005
Cuaderno de Lucio 5.1 - De los orígenes de Panambí Sur
Porque, es de suponer, todo tiene un comienzo ¿no? De hecho, si nos esforzamos un poco (o más bien, no), todo tiene un solo comienzo, el mismo.
Dicho esto: Panambí Sur comenzó al condensarse de una nube de materia que giraba alrededor de una estrella así de pequeña, se enfrió, subió a la superficie del elipsoide de revolución que la contenía, formó parte de Pangea, derivó sobre el magma, y helo allí.
Panambí sur comenzó en el momento en que una piedra de exactamente 258 gr se movió ligeramente determinando el afloramiento de un hilo de agua que mucho más tarde recibiría el nombre de Arroyo San Juan.
Panambí Sur comenzó durante el período Cuaternario, cuando los vientos cubrieron la zona con fértiles cenizas volcánicas provenientes de los lejanos Andes.
Panambí Sur comenzó en el preciso instante en que Lucio Furst clavó su azada en la tierra a escasos 20 metros de su nuevo hogar, pensando que necesitaría dos cosechas al menos para comprarse un arado.
Quedensé con esto último, y sepan que no es verdad: las manos encallecidas de Furst aferrando la madera lustrosa de la azada, el dedo índice de la mano derecha levemente separado del resto para esquivar un pequeño nudo de la madera que lo incomodaba; los terrones secos de la superficie dando paso a la humedad oculta bajo ellos, tres semillas de Datura ferox viendo la luz por primera vez, un bicho bolita buscando apresurado la oscuridad y la humedad; todo eso no dio origen, precisamente, a Panambí Sur.
Se llamó tan solo Panambí, y parecía que hubiera estado allí desde siempre.
Dicho esto: Panambí Sur comenzó al condensarse de una nube de materia que giraba alrededor de una estrella así de pequeña, se enfrió, subió a la superficie del elipsoide de revolución que la contenía, formó parte de Pangea, derivó sobre el magma, y helo allí.
Panambí sur comenzó en el momento en que una piedra de exactamente 258 gr se movió ligeramente determinando el afloramiento de un hilo de agua que mucho más tarde recibiría el nombre de Arroyo San Juan.
Panambí Sur comenzó durante el período Cuaternario, cuando los vientos cubrieron la zona con fértiles cenizas volcánicas provenientes de los lejanos Andes.
Panambí Sur comenzó en el preciso instante en que Lucio Furst clavó su azada en la tierra a escasos 20 metros de su nuevo hogar, pensando que necesitaría dos cosechas al menos para comprarse un arado.
Quedensé con esto último, y sepan que no es verdad: las manos encallecidas de Furst aferrando la madera lustrosa de la azada, el dedo índice de la mano derecha levemente separado del resto para esquivar un pequeño nudo de la madera que lo incomodaba; los terrones secos de la superficie dando paso a la humedad oculta bajo ellos, tres semillas de Datura ferox viendo la luz por primera vez, un bicho bolita buscando apresurado la oscuridad y la humedad; todo eso no dio origen, precisamente, a Panambí Sur.
Se llamó tan solo Panambí, y parecía que hubiera estado allí desde siempre.
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