10 de octubre de 2007

Piedra, papel, tijera: una de lagartijas y sexo

En nuestra tierna cursada de "Introducción a la Zoología", los biólogos de la UBA nos topamos con la historia de las lagartijas unisexuales (que tal vez algún biólogo amigo quiera resumir para este blog), y al menos en el caso de un servidor, quedamos marcados para siempre con una extraña relación entre lagartijas y sexo que hace maravillas a la hora de amenizar reuniones. Y quedar como un nerd del tipo enfermito sexual.

Para no interrumpir esta maravillosa tendencia, va otra anécdota lagartijil que llenará de gozo cualquier kermese a la que acudan.

Estos que ven arriba son tres machos de lagartija común europea (Lacerta vivipara). Como ven, tienen colores distintos en el vientre. Para qué le sirven, si es que sirven, no lo sé. Pero a Barry Sinervo le sirvió para identificar un juego evolutivo de "piedra, papel o tijera" entre estas lagartijas, en un trabajo que el muy tonto llevó a cabo en los Pirineos franceses, lugar feo si los hay.

La cosa es así: los machos de panza blanca se quedan cerca de sus hembras para vigilarlas de cerca, y colaboran con otros machos para defender su territorio. Los machos de panza naranja en cambio son agresivos y su estrategia es invadir los territorios de otros machos para aparearse con cuanta hembra se crucen. Pero esa estrategia los obliga a dejar su propio territorio. Ahí aparecen los de panza amarilla, que se meten sigilosamente en el territorio vacante y hacen lo suyo con las hembras que el grandote abusón dejó descuidadas; una estrategia que no sirve frente a la activa vigilancia de los blancos.

Entonces: la fuerza bruta naranja le gana a la cooperación blanca, la cooperación le gana al sigilo amarillo, y el sigilo le gana a la fuerza bruta.

¿Qué tul? Este mecanismo lleva a la supremacía sucesiva de cada tipo de macho -y de estrategia- con el paso de las generaciones; un fenómeno que habían predicho Sewall Wright en 1968 y John Maynard Smith en 1982. Y que probablemente se lleva a cabo en muchas especies, sin que lo sepamos.


Este juego ya había sido descripto antes en unas lagartijas de Norteamérica emparentadas con estas. Sinervo está tratando de identificar los genes que determinan este comportamiento, para ver si están presentes en ambas. De ser así, este juego de piedra papel y tijera se vendría jugando desde hace mucho tiempo. Y tal vez los humanos lo estemos jugando, aunque se haya vuelto algo más complicado...


El site de Sinervo:
http://bio.research.ucsc.edu/~barrylab/

Variantes enfermas de P-P-T:
http://www.umop.com/rps.htm


Ah, y por si no se dieron cuenta: cambió el nombre del blog y su contenido. Las aguavivas seguirán apareciendo, cuando pueda dedicar el tiempo a pulirlas, pero mientras tanto, no respondo de los contenidos. Los que estén suscriptos al grupo de google, pueden desuscribirse si no quieren recibir tonterías de este tipo.

Y eso. Hasta la próxima.

26 de febrero de 2007

Cuaderno de Lucio 7.4 - La prueba fehaciente

Eran las nueve de la mañana y Panambí Sur resplandecía bajo un sol demasiado caliente. En la calle, las ramas de los limoneros se doblaban por el peso de los frutos. Resonó una campanada, y fue como si el pueblo no fuera más que el reflejo de un pueblo en el agua, y la campana una piedra insolente. Lucero arrancó un limón y lo acercó a su nariz. Mientras caminaba sacó de su bolsillo una navaja y cortó la fruta en cuatro gajos. Sonó otra campanada estridente, furiosa e inútil: solamente Lucero cruzó el atrio y llegó a la puerta. Tocó la enorme hoja de madera y titubeó una fracción de segundo. Un nuevo badajazo, más brutal que los anteriores, lo hizo entrar en la nave vacía con un alegre "Permiisooooo...".

Nadie.

Llegó hasta el fondo de la nave, le guiñó un ojo al Cristo sin corona y llegó hasta la base del campanario. El padre Gregorio aferraba la cuerda.

-Sabés -comentó Lucero, mientras comía el último gajo del limón-, si bien al principio parece una forma poética de suicidio, lo más seguro es que no te mate. Además, sería una imagen muy desagradable. Por otro lado -reflexionó- lo mismo puede decirse de cualquier suicidio.
-Pensé que no entrabas aquí, por principio.
-Bah. Más bien por costumbre. Y no se deja a un amigo en la estaqueada. Aunque tus ovejas no parecen opinar lo mismo.
-No -respondió Gregorio, y se colgó nuevamente de la soga.
-¿Podés parar con eso? ¿Sabés cuántos años tienen esas maderas?
-Hice cambiar el armazón hace tres meses.
-Igual. No van a venir.

Gregorio soltó la soga y se quedó mirando fijo a Lucero.

-No, ¿verdad?
-No por ahora. Vení, convidame un mistela.
-De acuerdo.

Una puerta en el costado los llevó la habitación de Gregorio. Sobre la cama había una valija abierta, casi llena de ropa y libros.

-Así que te vas.
-Sí. Tocaba la campana para avisar, pero ya no les importa.
-¿Tan grave te parece?

El padre suspiró.

-Sí. No... no sé, Lucero. ¿Te das cuenta de lo que hicieron?
-¿Qué?
-¿No sabés?
-Ni la más remota idea. No anduve por aquí. La verdad, pensé que al volver encontraría el pueblo en ruinas. O ningún pueblo. En todo caso, me equivoqué y me alegro. El pueblo está como siempre.
-No como siempre. Nunca estuvo mejor.
-¿Entonces?
-Perame un minuto.

Gregorio se dirigió a la ventana, tanteó un par de medias que colgaban de la falleba y las dobló con cuidado antes de ponerlas con el resto de la ropa. Levantó la valija con dificultad.

-Vamos.

En la nave, dejó su equipaje en un banco. Buscó una botella de mistela y sirvió dos vasitos. Invitó a Lucero a sentarse a su lado, en los escalones del altar.

-¿Está consagrado?
-No, no seas sacrílego.
-Por si acaso, viste. Bueno... ¿entonces?

El padre sorbió el vino y no contestó.

-¿Qué pasó?
-Me hicieron caso, Lucero.
-Era de esperar.
-Sí. Era de esperar. Lo que no era de esperar es que Dios les hiciera caso a ellos.
-Mmmmm...
Lucero examinó su vaso al trasluz, pero no dijo nada.
-¿Viste Eleonora? -reanudó el padre.
-Sí.
-Eleonora estaba loca desde los once años. Ya estaba al cuidado de la iglesia cuando yo llegué. Y de pronto, así como así, se cura.
-Un milagro.
-No tenés idea, Lucero. Uno tras otro. Dos días después, el hijo de la viuda Spaziuk aparece de la nada y se instala en la casa de Marta. Vuelve lleno de dinero, dispuesto a hacer resurgir la quinta. No lleva dos días Panambí y ¿adiviná a quién conoce?
-¿En dos días? A todo el pueblo.
-Gracioso. A Luján. Se casaron al viernes siguiente.
-¡No! Eso no es un un milagro, es una soberana tontería. Pregunta de vieja: ¿se casó de blanco?
-Se casó de blanco y ni una vieja hizo la pregunta de vieja. No sólo eso: después de años de hacer como si Luján no existiera, al casamiento vinieron todos. Festejaron, tiraron arroz. Pero después de la ceremonia, nadie volvió a entrar a la iglesia. Estaban muy ocupados.
-¿En qué?
-En pedir milagros. En pedir putos milagros para el prójimo, y en observar cómo se les cumplían.
-Aaaah. Los limoneros. Me parecía raro.
-Los limoneros. Los cultivos. Las vacas. ¡La pintura de las casas! ¡Le pidieron a Dios que pintara los frentes, me entendés!
-Y los pintó.
-De la noche a la mañana.
-No veo de qué te quejás, Gregorio. Panambí Sur es la prueba fehaciente de que Dios existe.
-No mi Dios. No el que yo quiero. No un factótum literal y complaciente. Yo soy un religioso, Lucero, un hombre de fe. No necesito pruebas, no quiero que Dios me responda -se incorporó-. Podés quedarte con la botella.
-Gracias. Te ayudo con la valija.

Salieron los dos por el pasillo central, sosteniendo cada uno una manija. El sol los cegó al salir al atrio. El padre Gregorio cerró las dos enormes hojas talladas y sacó de su bolsillo una llave igualmente enorme. La cerradura se resistió un poco, pero finalmente cerró.

-¿A quién se la vas a dejar?
-No sé. Al intendente, supongo.

Terminaron de cruzar el atrio cuando se oyó el estruendo: el crujido de la madera desgarrándose en un acorde brutal, un semitañido deforme y opaco, una estampida de elefantes tocando las trompetas de Jericó. El último sonido les llegó por los pies, una vibración sorda que se apagó con inesperada suavidad.

-Te dije que se iba a caer -concluyó Lucero.

El padre Gregorio no respondió. Ya en la vereda, dejó la llave colgando de la verja. Llegó hasta la estación sin decir una palabra. Cuando el tren partió, el campanario ya estaba como nuevo.

29 de diciembre de 2006

Cuaderno de Lucio 7.3 - Eleonora y el sol

Eleonora metió la mano en el jarrón y toco su cara y volvió a asustarse: su cara se distorsionaba y temió, como cada vez, que se fuera, que se evaporara en jirones ennegrecidos de infierno. (Pero no, porque no había sido ella, no el fósforo, no los gritos.) Sacó la mano con el dedo apenas húmedo y esperó y allá en el fondo del jarrón estaba de nuevo su cara, bien segura y guardada y no iba a arder porque estaba en el agua y no en cualquier agua; agua bendita leche de María madre de sangre de Dios ruega por nosotros para que no ardamos (en el infierno), no nunca ella, no Eleonora, con su cara guardada en agua bendita que la miraba, la miraba desde el jarrón y entonces tenía que tocarla, asegurarse de que todo estaba bien, de que no ardía.

Eleonora metió la mano en el jarrón y allá en el altar el Padre Gregorio hablaba, muy serio, y ella volvió a asustarse y temió, como cada vez, que se fuera (¿el padre? ¿al infierno?), que se evaporara en jirones como ese en el atrio, ese hombre hermoso con nombre de estrella que de alguna manera sabía. (Pero no, porque no había sido el gas, no ella, no las llamas.) Sacó la mano con el dedo apenas húmedo y el hombre que sabía tenía las manos juntas y alzaba los ojos al cielo y la gente se retiraba en silencio. Eleonora alargó la mano, y ya el dedo se secaba, y nadie le dió una sola moneda. Se sintió muy sola de pronto y el hombre del atrio la miraba y de pronto le dio calor pero no como si se quemara sino como sí, como si se quemara y las piernas se le ablandaran bajo el sol. Entonces, así de pronto, la inspiración, la idea que cómo no se le había ocurrido antes.

Eleonora metió la mano en el jarrón y el hombre hermoso se acercaba y la miraba y ella volvió a asustarse y sentir el calor y temió por primera vez que nunca se fuera, que el calor creciera y le evaporara el alma en maderos de ceniza blancuzca. (Pero no, porque había no porque no había porque habia) Sacó la mano con el dedo apenas húmedo y se tocó la cara. Sintió la tibieza del agua bendita, leche de madre y su cara (¡su cara!) erizándosé con el viento.

Eleonora metió la mano en el jarrón y la sacó y tocó su cara y se rió. Miró furtivamente alrededor: ya no quedaba nadie en la calle. En la iglesia, el hombre y el Padre Gregorio charlaban dándole la espalda. Temió que el momento se fuera, que volviera el fuego pero no, porque sabía que no había sido ella; hundió la mano en el jarrón y sacó un puñado de agua si eso era posible. Gota a gota, sacó su cara del jarrón hasta colocarla nuevamente en su lugar por primera vez en ¿cuánto? ¿ocho, once años? No importaba ahora que el agua bendita la cubría y libraba de todo mal para que no ardiera (nunca), no Eleonora, con su cara al sol, sonriendo por primera vez en ¿cuánto?, tocándo el sol en su cara para asegurarse de que todo estaba bien por primerísima vez.

Eleonora dejó el jarrón a un lado y entró resuelta, en la iglesia. El Padre dejó una palabra a medio decir.

-Volví, Padre. Gracias.

Besó a Lucero en la mejilla y salió al sol.

13 de diciembre de 2006

Cuaderno de Lucio 7.2 - Una modesta proposición

El padre Gregorio no creía demasiado en presagios, pero el olor de los jazmines que llenaba el aire, tapando los intersticios que dejaba el murmullo de la grey, le pareció un excelente augurio. Desde el altar podía ver a los panambienses esperando el sermón. Todos estaban allí: Zavaleta, el pintor de aguadas bucólicas; Rey, el ajedrecista; Perla, la maestra; las comadres en pleno, un enjambre compacto. Al fondo de todo, los descastados: Eleonora, con el cabello desgreñado, rellenando su jarrón con agua bendita, recitando hacia adentro una salmodia; la viuda Spazciuk, sentada en la última fila como un libro en la mesa de saldos; Luján, tapando un bostezo tras una noche de trabajo vaya uno a saber dónde; Casatti, de pie contra la puerta, sosteniendo respetuoso el sombrero de pescador en que recibía las limosnas. Desde la entrada del atrio, Lucero lo miraba desaprobadoramente. Gregorio respiró hondo. ¿Qué podía salir mal? ¿No era esto Panambí Sur? ¿No había sucedido lo de Nicolás? ¿No era Lucero la prueba de que todo podía funcionar? Allá fue.
-Hoy -comenzó, mientras cerraba el libro de salmos-, hoy no quiero leer las Escrituras. Hoy quiero decirles que estoy avergonzado de ustedes.
Por qué negarlo: disfrutó del momento siguiente. Había constantemente algo de culposo en los panambienses, algo que los avergonzaba desde el comienzo frente a cualquier acusación, por vaga que fuera. ¿First, o Furst... aquello del iconoclasta? Desechó esas ideas y se concentró.
-Me han acusado de caprichoso, me han dicho que no tengo motivos para quejarme de unos fieles que vienen, todos, todos los domingos; que se confiesan una vez por semana y que, hasta donde sé, llevan cada uno una vida ejemplar -no un murmullo, pero sí cierto aire de alivio circuló por entre el olor de los jazmines. Desde el atrio, Lucero asentía. ¿Podía oírlo a aquella distancia?-. Y sin duda, algo de cierto hay en esa acusación. Pero no puedo dejar de notar ciertas cosas.
»Por ejemplo, que rara vez se ayudan entre ustedes; por ejemplo, que la caridad que recibe esta parroquia alcanza tan justo para sus gastos que parece que un contador la estuviera manejando. Pero por favor no piensen que estoy pidiendo dinero. No se trata de eso. Se trata de que los miro y pienso: ¿cuántos somos en el pueblo? ¿Ciento cincuenta, doscientas personas a lo más? Y sin embargo miren a sus espaldas: la pobre Eleonora está aquí en la puerta de la iglesia, día tras día. Usa el mismo vestido desde hace años -Eleonora no reaccionó frente a la mención. Miraba el interior de su jarrón como arrobada-. No puede valerse por sí misma, lo sabemos. Yo hago todo lo que puedo pero ¿soy el único? La señora Marta, allá en el fondo, tiene que salir a buscar comida donde puede, a pesar de su artritis. Sabemos que otras personas de este pueblo ganan su dinero de maneras non-sanctas -Luján se sonrojó, pero nadie hizo ademán de mirarla-. Puedo comprender que no se consiga trabajo en otros pueblos pero ¿aquí? ¿Aquí, donde siempre hay algo para hacer? ¿Cómo es posible que nadie ayude al prójimo más allá de lo mismo? ¿Cómo podemos tener mendigos, en un pueblo donde ni siquiera existe el "borracho del pueblo"?
Algunos de los feligreses amagaron ponerse de pie, con claras intenciones de acercarse a los necesitados.
-¡No! ¡Sientensé, por favor! No quiero que salgan ahora a ayudar a los que he nombrado. No quiero accesos de arrepentimiento temporales ni acciones heroicas que les emparchen la moral. Más aún: les pido que no hagan nada por nadie. Si no me excediera en mis atribuciones, les prohibiría que se acercaran a ellos. Lo único que le pido es que, durante el próximo mes, recen por ellos, y recen por todos los del pueblo menos por ustedes y su familia. Pidan a Dios por el vecino, y sean específicos: pidan cosas concretas. Y si no saben qué pedir: pregunten. Interésense por los demás. Y recen. Por un mes entero, sólo recen. Una vez a la mañana y otra a la noche por lo menos.
»Eso nada más. Los veo a cada uno durante la semana. Vayan con Dios.
Se pusieron de pie en silencio y salieron. Eleonora canturreaba bajito. En el atrio, al sol, Lucero sacudía las manos juntas y elevaba los ojos al cielo.

23 de noviembre de 2006

Para que no se olviden de Aguavivas...

Cuaderno de Lucio 7.1 - Charla en la biblioteca

-No entiendo -concluyó el padre Gregorio, dejando los papeles a un lado.
-¿Qué no entendés? -preguntó Lucero, casi sorprendido.
-Nada. Un montón de cháchara confusa, con cierto tufillo mitológico, sobre dos hermanos y dos hermanas. Y la idea de que el pueblo se fundó con Sarmiento o poco antes, cuando no hay más que mirar la iglesia para darse cuenta de que no puede ser.
-¿Sabés cuál es tu problema? Que sos demasiado literal. Eso no es bueno en un hombre de fe.
-Mirá quien habla...
-Gregorio, nadie puede ser más hombre de fe que yo.
-Supongamos...
-No, no supongamos. Es así.
-Supongamos, decía, que no cuestiono los datos históricos. ¿Qué hago entonces? ¿Dónde están los restos del otro lado del río? ¿De verdad esperás que crea que la mitad de un pueblo masacró a sus vecinos así de golpe, por vengar un crimen?
-La historia la tomás como de quien viene. Los restos no están del otro lado del río, sino adentro de los panambienses. Y en cuanto a la masacre ¿no te das cuenta de cómo es este pueblo? Y no hablo solo de la gente, pero pongamos que sí: son tan capaces del bien como del mal extremo.
-Como todos los hombres -aclaró el padre Gregorio.
-Sí, pero como si no hubiera término medio. Volviendo al tema que nos trajo aquí: ¿cuántos pueblos conocés en los que todo el mundo va a misa? Ni en los pueblos de Mark Twain había asistencia perfecta. Pero usted, el Padre Gregorio, no se alegra por la fidelidad de su grey: se queja. ¿Y por qué?
-Porque realmente son la grey, Lucero. Cuando estoy diciendo la misa, es como si estuviera predicando a un rebaño de ovejas que mira pasar el tren. A veces tengo la impresión de que si la iglesia estuviera vacía, irían igual.
-Muy probablemente.
-Pero no veo qué tiene que ver eso con estos papeles escritos por vaya uno a saber quien.
-Tiene que ver con que lo que dice ahí es cierto, al menos en espíritu. Panambí Sur no hace cosas a medias. Nunca.
-¿Tanto el bien como el mal?
-Tanto el mal como el bien como el mal que por bien que por mal que por bien que por mal no venga.
-En ese caso -suspiró Gregorio- tendré que buscar la manera de que mis ovejas hagan el mayor bien posible.
-De acuerdo -acotó Lucero- pero no va a funcionar.
-¿Por qué no?
-Ni idea. Por si no lo sabés, el jefe nunca muestra sus infinitas cartas. Pero llevo aquí el tiempo suficiente.
-De todas maneras, pensaré en algo.
-Seguro que sí, y brindaremos por eso. Así que dejemos la biblioteca y vayamos al bar. No es entre libros sino entre copas que se hace la Historia.

18 de octubre de 2006

Cuaderno de Lucio - 6

¡Sangrienta Ola de Crimenes en Panambí Sur!

"Pocas cosas tan limitadascomo la imaginación humana"
La clepsidrah, "Sobremesas retóricas"


Panambí Sur, domingos, mediados de enero. El padre Gregorio, sentado en los escalones del altar, se aflojó la sotana para secarse el cuello con un desteñido pañuelo azul. Los domingos de verano lo agotaban. Y para peor, mitad de mes: él vendría.

Llegó al caer el sol, vestido con su eterno traje marrón, el paso tranquilo y la expresión seria de siempre. En la entrada de la iglesia lo esperaban los mendigos. Sonriendo, los contó con sus dedos y repartió entre ellos todo el contenido de su billetera. En el momento en que concluía el reparto, llegó corriendo un chico de unos nueve años, harapiento, sucio y sonriente.

—¡Señor Nicolás, señor Nicolás!

Permanecieron frente a frente, inmóviles, observando la billetera vacía. Desde la iglesia, el padre espiaba la reacción de Nicolás. Sin dudar un momento, con total naturalidad, Nicolás guardó sus documentos en el bolsillo, sacó los plateados gemelos de los puños de su camisa y los entregó al chico. Lo consiguió otra vez, pensó Gregorio. Desgraciado.

—Buenas tardes, Padre.
—Buenas tardes, Nicolás. —suspiró Gregorio. Decididamente, hoy no podría soportarlo. Ambos se dirigieron hacia el confesionario.
—Padre, perdóneme porque he pecado. Hace treinta y un días que no me confieso.
Gregorio tomó aire, apretó los puños y se lanzó.
—Por favor, Nicolás, dejémonos de tonterías. Ambos sabemos que no hiciste nada.
—Pero padre, eso es soberbia...
—Nicolás, por favor, si en tu vida... —se detuvo a secarse la frente. Ya había dado el primer paso. Concluir sería fácil—. Por ultima vez, Nicolás, POR ULTIMA VEZ, quiero que te confieses. Pero no por el mes, sino por toda tu vida. Decime, ¿alguna vez mataste a alguien?

La cara de Nicolás casi daba risa. Gregorio nunca lo había visto tan confundido, tan desorientado.

—Pero Padre...
—Ya, ya sé que no. ¿Deseaste alguna vez a la mujer de tu prójimo? ¿Fornicaste, siquiera?
—N-no, padre.
—¿Nunca? ¿No serás...?
—¡Padre, por favor! —chilló Nicolás— Me gustan las mujeres, en serio, sólo que... no sé, no he encontrado la correcta, supongo. Aún así —se apresuró a agregar—, no dejaría que pase nada hasta el matrimonio.
—Está bien, te creo. ¿Mentiste? ¿Robaste, aunque más no sea un vuelto cuando eras chico? ¿Insultaste? ¿Faltaste a la honra de tus padres?
—No padre, nunca.
—Bueno, entonces ya está, podés irte. Los diez padrenuestros por la soberbia ya son una hipocresía. Somos gente grande.
—Padre, por favor —imploró Nicolás.
—Ta’ bien, rezá los padrenuestros si querés, pero que conste que no son penitencia. Yo te perdono de por vida por los pecados que nunca cometerás. Ve con Dios y bendito seas, hijo mío.

Nicolás dejó el confesionario como borracho. Se dirigió Maquinalmente al altar y rezó con lágrimas en los ojos. Gregorio lo observaba. Se preguntó si habría hecho bien.

Nicolás se levantó y emprendió la salida. Musitó un “Adiós, Padre”. Gregorio habrió la boca para responderle, pero no llegó a hacerlo: mientras avanzaban hacia la salida, los zapatos marrones dejaban el suelo y un halo irisado y resplandeciente envolvió a Nicolás. Así volando, mientras ajustaba como podía los puños de su camisa, Nicolás dejó la iglesia y se acercó a una ancianita que quería cruzar la calle.

10 de octubre de 2006

Cuaderno de Lucio 5.6 - De la fiesta, el menú, y el inicio de Panambí Sur.

El final de Panambí y el inicio de Panambí Sur (es decir, el final de Panambí Norte pero también, al final del camino, el final de Panambí toda, aunque eso sea otra historia y no ésta) comienzan con una semilla mucho más antigua que el pueblo mismo, decidida sin saberlo a germinar en roble. De la misma manera nacen y mueren los pueblos: sin saberlo. Madera noble es la del roble; la madera de Panambí estaba aún por verse. No piense el lector que se trata de criticar a nadie: ciertas asperezas son esperables. Son ellas las que hacen que se luzca la mano, los dedos que saben escuchar el ruego mudo de las vetas. Cepillos, lijas, lustres y paciencia, cantos que se perfilan y cantos al perfilar, el olor de la cera penetrando en la carne oscura y lignificada; así se aúnan los espíritus del roble, el hombre y el enjambre hasta cuajar en voluta, moldura, espejo vegetal.

Imagine el lector la extensión de madera, en una sola mesa larguísima, suficientes para contener un pueblo. Suficiente también para separarlo: los del norte y los del sur, por esa cuestión de cercanía, sentados uno de un lado y otros del otro. Extrañas mesas recorridas a lo largo, de cabecera a cabecera, por sendos pares de surcos a unos cincuenta centímetros de cada lateral. Extrañeza de los aldeanos; guiños cómplices de los que están en el asunto.

La noche anterior tuvo lugar la doble ceremonia, y se hubiera dicho que no quedaban flores en el campo, de tantas que engalanaban la iglesia y los atuendos de las novias. Los novios saludaron en el atrio (que no era tal, sino la calle), y una banda de muchachos los siguió hasta el casco de la estancia de Furst, donde los esperaban dos habitaciones que superaban por mucho la imaginación de los panambienses. Bajo las ventanas de cada alcoba se entonaron canciones soeces y se elevaron torpes brindis por la salud de ambas parejas. Muchos durmieron su borrachera allí mismo, y tuvieron que correr a la mañana siguiente a buscar sus mejores galas.

No se abrieron las ventanas hasta que no estuvo la gente dispuesta, Norte frente a Sur, a lo largo de la mesa. Veinte afanosos mozos sirvieron pan y quesos variados, y justo antes de comenzar la comida se oyó el grito de Aníbal, un aullido salvaje y risueño. En la otra punta del edificio, como un ojo que se abre perezosamente luego del otro, César también abría y saludaba. La multitud aplaudió. Aníbal, enfervorecido, ató la sábana nupcial a su cuello, se descolgó por la ventana y corrió aullando alrededor de los comensales. Era el momento del festín.

Los mozos se movían como hormigas: la comida aparecía como por milagro frente a los comensales, en fuentes que al ser destapadas llenaban los sentidos de alegría. Se adivinaba el humo desde atrás de la casa, pero nadie pudo ver las parrillas, nadie tuvo acceso a las cocinas responsables de aquel festín fatal.

Comenzaron con lo mejor de los huertos de César: ensaladas de ocho, nueve, mil tonos de verde, con hojas de texturas que maravillaban el paladar. Berenjenas, calabazas, batatas, ajíes asados. Milhojas de papa, finísimos; hojas de espinaca fritas apenas en aceites purísimos, como encajes verdes y crocantes. ¡Y el vino!

Para el vino eran las dos canaletas exteriores talladas en la mesa, dos ríos paralelos de vino blanco y dulce corriendo de una cabecera a otra, y quien quisiera no tenía más que hundir la copa en la corriente, y el comentario asombrado era uno sólo: el excéntrico festín se recordaría durante años. Mal podían imaginar, mientras el vino corría por las gargantas sedientas tan sólo de borrachera, que en escasos minutos esa fiesta se transformaría en el secreto mejor guardado de Panambí. No se culpe a nadie: no había en los surpanambienses más abismos de maldad que en los del norte, ni más violencia intrínseca que en la mecha de una granada.

Como por una mecha encendida corrió el comentario. Dos palabras, apenas entendidas por algunos, pero pasadas fielmente de boca en boca: ¡La sangre!

Palabras apenas entendidas porque no todos vieron lo que había que ver.
Muchos las interpretaron como el anuncio de la siguiente parte del menú: era el momento de Aníbal.

Avanzaron chorizos rellenos con todo tipo de carne y especias, mollejas crujientes por fuera y jugosas por dentro con un jugo hialino. Aparecieron tripas chorreando jugos grasosos y aromáticos, chinchulines dorados que supuraban al cortarlos su cremoso contenido, cabezas de cerdo con una manzana en la boca, sesos blandos como caquis maduros. Y carnes, claro, reses enteras cocinadas con tanto arte que no toda preferencia entre cortes se perdía; perniles, lomos, matambres, rabos, todo servido con presteza frente a los comensales. Y la sangre y los jugos corriendo por las canaletas interiores, lista para echar sobre los platos, un reguero bordó y espumoso, avanzando como el rumor: la sangre. Sólo unos pocos vieron la sábana al comienzo, la sábana nupcial de Aníbal, arrojada al suelo con descuido, y la mancha roja en ella, el testimonio de una imprevista virginidad. El entendimiento fue cayendo generoso sobre la mesa y sus venas abiertas, y sólo dos preguntas quedaba sin articular: ¿sabían ellos? Y si no sabían ¿cuál de ellos había sido el primero?

Pero nada se dijo, siguieron las mandíbulas y sólo los ojos buscaban de a ratos la blancura de la sábana, el rostro inexpresivo de César, siempre tan callado, y otra vez el cuero churruscante y la salsa criolla generosa sobre el músculo y el nervio, las bocas llenas, desesperadas por la carne y el vino ahora tinto y masticar, masticar, masticar.

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¿Comulgaron los panambienses con la carne del muerto? ¿Probaron carne humana, acaso los del sur, acaso los del norte? No lo supieron nunca y tal vez por eso el silencio, esa especie de pacto que unió a los surpanambienses de allí en más. En todo caso, antes del silencio: los gritos. Y antes de los gritos el estupor, el tenedor que se detiene portando un pedazo de vacío. Y antes de eso, la cabeza asada de Aníbal rodando sobre la mesa, derribando copas en un macabro juego de bolos. Después, el estupor; después los gritos.

Ahora bien ¿cuándo comenzó Panambí Sur? ¿En qué instante aciago, en qué pacto fraternal, si es que lo hubo, decidió Eris suplantar el cuerpo de su hermana? ¿Cuándo fue que el río que dividía el pueblo dividió los corazones de la gente? Es mucho más sencillo creanme, culpar a una azada o a un terrón de tierra, que tratar de explicar lo que siguió.

Se lanzaron los de Panambí Sur, los matarifes, sobre los inocentes agricultores del norte. No sobre César: sobre todos menos sobre César, al que nunca volvieron a ver. Decenas de cuchillos se levantaron; más decenas de gritos se oyeron. Extraño altar, pero cuán adecuado, aquella mesa de roble. Así fue el bautismo de Panambí Sur. Interrogantes quedaron tantos como marcas en la mesa: dónde habían ido las mellizas; dónde había huido Lucio Furst; quién fue el que inició el fuego.

Eso es todo; como es finalmente el grueso de la Historia: un puñado de incertezas. De Panambí Sur no hay crónicas, no hay relatos orales ni tradiciones; sólo murmullos, sugerencias, falsos recuerdos; lo que se sabe, más que saberse se intuye, se hereda. Este silencio, esta negación del pasado, la atribuyen algunos a la culpa, al pacto de hermanos en la sangre. Pero no falta el espíritu socarrón que afirma que en realidad, lo que aflige a los surpanambienses es la vergüenza, vergüenza por su total falta de originalidad.

FIN (del prólogo)