6 de septiembre de 2005

Cuadernos de “La vuelta” 1.1

De la Breve Antología del Rubro 59 (Parte 8: Putos)

Cuando mi único ojo se pose en ti (Por el orto) - 1ra parte

Menos inconfundible que el perfume de los jazmines, cuando escuchó la musiquita supo que alguien le había enviado un mensaje de texto. No pudo reconocer a ese destinatario que le decía sin rodeos: “Tengo un trabajo y pago bien”. Por eso, segundos después, el mensaje nunca había existido y volvía a apoyar el teléfono sobre el mantel: él no se relacionaba con desconocidos.
No alcanzó a pinchar de nuevo la milanesa y apoyar el filo del cuchillo que otra vez la musiquita y el mismo número. “Entrala”, decía ahora. Se quedó mirando las siete letras en la pantalla. Ese apellido decía mucho para él. Decía torturas, decía cara de porteño canchero tomando vermú; pero más que nada, la espeluznante escena del llanto sordo de un bebé encerrado en un microondas para que la madre llame al marido y así desactivar una venta de acciones: una mano en el botón de encendido y la otra, en el gatillo, por las dudas. Recordó el terror de lo que podría haber llegado a ver: ese cuerpito retorciéndose en el reducido espacio del gabinete del horno... Volvió a borrar el mensaje y a apoyar el teléfono sobre el mantel de tela.
Entrala... Profesionalismo extremo, sadismo puro. Por fuera de esos márgenes, era indudable que ciertos trabajos él los rechazaba o lo rechazaban a él. Y, en parte, gracias a ello, este hombre que ahora masticaba un bocado de milanesa y puré, hombre prácticamente solo en el mundo a no ser por dos tías ancianas y algunos primos anclados en Rauch (lo que es decir solo), había podido hacer dinero adicional a su no tan magro sueldo policial. Discreción, astucia para elegir los clientes, prolijidad, e instinto para aceptar los trabajos le valieron respeto (dentro del respeto que podía merecer) de pares y contratantes. “Autodisciplina y rezarle a Dios como mínimo una vez por semana. Pero no rezarle de chamuyo, de hablar por hablar, rezarle de corazón. Así él te protege de ciertas tentaciones”, solía decir a los jóvenes que a veces le preguntaban asombrados de que un tipo como él durase tanto tiempo en “la fuerza” o, incluso, en la Tierra. Después, a sus espaldas, murmuraban socarrones que la autodisciplina y la oración debían ser lo único gratuito del asunto.

Algo lleva a una persona a hacerse puto. Algo lleva a una persona que se hizo puto a meterse con drogas. Algo lleva a una persona que se hizo puto y se metió con drogas a quedarse con un sobrante. Y es que esa región del cosmos que para algunos solo es territorio de caos también tiene su orden. Ese orden dice claramente sin palabras: lo que no se da no se agarra.
Un sobre de papel madera con forma de ladrillo sobre la mesa entre los dos hombres.
-Y bueno... así es la cosa, Tuerto -dijo el emisario y vació el pocillo.
-¿Y cuánto hay ahí? -replicó señalando el sobre con el ojo de verdad.
-Diez. Diez mil “pesos”, ¿no?
Estaba bien: a mayor marginalidad, más barato, más fácil, más limpio. Estaba bien pago. Repitió toda la secuencia como una extensa pregunta que empezó con “Entonces, ¿...”. Mientras tanto, el emisario pinchó una aceituna que había quedado de antes (“déjelas”, le había dicho al mozo), la comió y devolvió el carozo pelado.
-Exacto. Tal cual.
Como única, suficiente, señal de aceptación guardó el sobre en el bolsillo interior del saco.
-Ah, me olvidé de un detalle -dijo con naturalidad encenciendo un cigarrillo-. Te lo tenés que garchar. Con un forro puesto para que no te reconozcan.
Lo invadió el asco, el odio y una crispación, como una descarga eléctrica. Volvió a poner el sobre en la mesa.
-Yo no hago esas porquerías. Llámenlo a Entrala o a otro, pero yo no hago esas cosas.
El humo trazaba volutas frente a la cara del emisario, que se había puesto tensa, angulosa, calavérica. Avanzó un poco para enfatizar sus palabras.
-Agarrá ese sobre, infeliz. Si no, te juro por mi vieja que no te levantás de esa silla, tuerto de mierda.
El emisario se distendió, sonrió apenas y volvió a apoyarse en el respaldo.
-Es un polvo, nada más. Pensá en cualquier cosa. Ni siquiera tenés que acabar, tenés que bombear un rato solamente -pitó y exhaló-. Ni siquiera tiene que estar vivo.
Lo único que consiguió decir fue: -¿Y a quién se le ocurrió semejante mierda?
-Me dijeron que vos no hacés preguntas.
-No, no hago preguntas si el laburo es decente... Dame un pucho, ¿querés?
-No sabía que fumabas -dijo burlón el emisario.
-No fumo... -dijo, guardando el sobre con una mano y sosteniendo el cigarrillo con la otra, que temblaba imperceptiblemente- Tampoco me ando garchando trolos, conchadesumadre.

1 comentario:

  1. Al menos por esta entrega, se me mezcló un poco el asunto. Pensé que Entrala era el comisario, pero parece que no.
    Ta sórdido el mundo, chei.

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