24 de agosto de 2005

El suave murmullo de tu suspirar XVII

No quería ir al departamento. Llamé a Guillermo. Contestó Diana, se la oía bien.
- ¿Me querés decir dónde te metiste? Carola ruega por ver tu cadáver porque si no estás muerto, única excusa admitida, te mata ella. Aunque conociéndola, dudo.
- Acabo de llegar.
- ¿Te pasa algo? La muestra es en un par de horas. ¿Dónde estás?
- Cerca. Necesitaría pegarme un baño y ponerme algo ... no sé, decente. No quiero ir a casa.
- Vení ya mismo ¿o querés que te pasemos a buscar?
- No, no hace falta.
Elegí bien. No me preguntaron nada. Se limitaron a ayudarme a preparar para la noche. Me contaron en qué andaban. Guillermo me hablaba de los papeles, el registro civil y los análisis y se reía de su antigua fobia. Se reía pero con respeto, sabiendo que nunca se está exento de una recaída. Habían llamado a Carola para tranquilizarla. Nunca lo necesitó. Ya estaba en la galería. Jamás pensó que podía fallarle. Y todo sumaba para devolverme un poco la confianza. Aunque no sabría decir si esa era la falta más echada de menos.
- Alguna vez vos tendrías que hablar sinceramente sobre vos - Diana me besó en la frente y me guiñó un ojo. Guille me palmeó y desaparecieron juntos por la escalera. Fui hasta un kiosco y compré un atado de cigarrillos. Hacía mucho que no fumaba.
- Vieja, habilitá un faso.
No era una pregunta ni un pedido. Hay palabras que enunciadas en determinados contextos adquieren un matiz otro, se cargan de una intencionalidad nueva. Sentado en un umbral un chico de no más de doce años me miraba, duro, los ojos idos, los movimientos lentos, la ropa enorme, el hartazgo propio de quien lo ha probado todo y ya no distingue, el cansancio de quien está de vuelta sin haber ido a ningún lado.
- ¿Vos fumás? ¿No sos demasiado pendejo?
- ¿Y vos demasiado yuta?
Abrí la marquilla, retiré tres o cuatro cigarrillos que me puse en el bolsillo de la camisa de Guillermo y le tendí el paquete recién comprado. Encendió dos, uno me lo pasó a mí. Le agradecí. Fumamos en silencio. Miré hacia la esquina, seguía llegando gente.
- ¿Esperás a alguien?
- No. ¿Y vos?
- Tampoco.
El cigarrillo pareció eterno. Observé el reloj. Decidí que ya era tiempo. Me despedí. Había vuelto a irse. Casi en la puerta oí que me gritaba igual no va a llegar. Entré detrás de un grupo de jóvenes. Voces fuertes y risas huecas. Nada especial. El lugar estaba atestado.
- Decí que me redituás económicamente y después de esto, te advierto que más, si no ya te hubiera mandado a la mierda.
- Carolita veo que tu mailing sigue funcionando.
- No, es la copa. El champagne que conseguí de sponsor salvó la noche. ¿Ves esa rubia de lentes?
- ¿Onda crítica? No es mi tipo.
- Es crítica de arte de una revista nueva que sale con bombos y platillos y vos en tapa.
- Ni en pedo.
- No te estoy consultando. Ese pendejo, que sí es tu tipo -ni hace falta-, lo mandó La Nación. Después las fotos y la agenda siguen pero te la revelo de a poco para que no te prepares.
- Piedad - yo como ella seguía sonriendo, inclinando levemente la cabeza, extendiendo la mano en ademán de saludo, mientras hablaba -, acabo de bajar de un micro y no estuve muy bien estos últimos días y ...
- Es cierto, se te nota. Así que inventate algo. Creíble. Con respecto a lo otro, lo siento my dear pero yo no te mandé a ningún lado. Ya sos grandecito y vos sabrás, aunque hacés bastante para que no parezca.
Me depositó frente a la rubia y comenzó la maratón. Foto. Presentación. Pregunta estúpida. Risas. El esfuerzo por decir algo coherente -pretender una inteligencia, a esta altura, era utopía-. Saludos a desconocidos. Saludos a conocidos. Grabadores. Más preguntas estúpidas. Al menos es agradable a la vista. Los murmullos cada vez más fuertes. La música ambiental. Los halagos que suenan sinceros. Los halagos. El champagne. Más fotos. El cansancio. Tiago.
Estaba mirando uno de los últimos cuadros. Como sabiendo, intuyendo algo. Lo había pintado en un arranque de no sé qué. En algún punto tenía que ver con él. Con su presencia en mi vida. Conmigo después. Uno hace cosas -hablo de las sumamente pensadas, esa es mi base, el parámetro-, cosas que, en ese momento, creemos acertadas y nos damos de bruces contra el piso y aún así no asumimos el error y volvemos a darnos de lleno, esta vez, contra el muro y el problema es la pared, no nuestra cabeza traicionera. O también puede que ciertamente hayan sido las correctas -esas decisiones- pero en otro contexto, en otro tiempo. Revisar constantemente las posiciones es saludable síntoma de madurez y nadie quiere crecer. Basta volver y darse cuenta. No es tan difícil ni tan imposible. Y todos elegimos evitar los lugares conocidos, encerrarnos a llorar y esperar que el tiempo pase y cure. Es inexplicable sostener el dolor y la mentira y hallamos razones sorprendentes, ridículas, irracionales, en definitiva, y nos decimos que ya llegará, que nos está esperando a la vuelta de la esquina y cuando aparece -eso que supuestamente esperamos-, lo pateamos, lo alejamos de nuestro lado, con suficiencia, superados, como queriendo cobrarle toda la pena padecida y nos robamos el cachito de felicidad que nos toca. Yo me había prometido no repetir y Tiago estaba mirando la pintura nacida de esos pensamientos y no quería asumir que ya estaba lejos y no podía hacerme cargo de que estaba tan cerca.

2 comentarios:

  1. Anónimo5:16 p.m.

    No se como lo hacen!, pero me fascinan estas historias que de tan cotidianas parecen sacadas de la vida de cualquier mortal, y sin embargo, son tan especiales...Es lo primero que leo de javis, espero ver mas, muy pronto!!! E.R.G.

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  2. Pensaba, leyendo este capítulo, cómo sería esa pintura que está mirando Tiago: Oscura, muy oscura y con fuegos fátuos asomando impunemente...

    En todo caso, esos párrafos parecen resumir el centro del remolino en el que se está hundiendo nuestro ¿héroe? Sólo resta preguntarse si sabe nadar.

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